Partituras
Bajo tierra, lento… insistente. Así es la potencialidad de la vida en la materia de estos rizomas. En los intersticios fértiles se desarrolla el meristemo, principio generador de la arquitectura biológica. Este sistema radicular subterráneo, aunque ajeno en su origen a muchas regiones del mundo, ha sido asimilado y transformado a lo largo de la historia. Su estructura interna y su capacidad de adaptación lo convierten en un objeto de estudio tanto biológico como cultural.
La papa —o patata, según la denominación europea— es un alimento de origen andino cuya domesticación se remonta a aproximadamente 8000 años. En el altiplano, su cultivo diversificado generó más de 4000 variedades, asegurando su resiliencia ante condiciones climáticas adversas. Su llegada a Europa en el siglo XVI estuvo inicialmente marcada por la desconfianza: considerada una curiosidad botánica, se restringió a jardines ornamentales. No fue hasta el siglo XVIII cuando su potencial nutritivo fue reconocido, en parte gracias a los esfuerzos de Antoine Parmentier, quien promovió su consumo en Francia, primero en prisiones y posteriormente entre la población general.
A medida que la papa se integró en la alimentación europea, se convirtió en un elemento estabilizador. Su cultivo masivo permitió a los gobiernos mitigar el descontento social, asegurando la subsistencia de amplios sectores de la población. En el siglo XIX, sin embargo, su excesiva dependencia tuvo consecuencias devastadoras: la plaga de tizón tardío provocó la Gran Hambruna en Irlanda y afectó a otras regiones donde la papa era el alimento principal. A pesar de ello, su incorporación a las cocinas nacionales se consolidó, dando lugar a platos emblemáticos como el Bacalao a Brás en Portugal, el Hachis Parmentier en Francia, las frites en Bélgica, el Judd mat Gaardebounen en Luxemburgo, el colcannon en Irlanda, el Stegt flæsk en Dinamarca, los cepelinai en Lituania y, en España, en preparaciones como la tortilla española, las patatas a la riojana o las papas arrugadas de Canarias.
Fotografía: Autor.
Partituras
Proyecto desarrollado para Espacio Islandia, con la curaduría de Miguel Guzmán
El desplazamiento de los alimentos y su adaptación a nuevas culturas contrastan con la experiencia de la migración humana. Mientras que productos como la papa han sido absorbidos sin resistencia en distintas tradiciones culinarias, las personas que migran suelen enfrentar procesos de exclusión y asimilación selectiva. La aceptación de un individuo dentro de un nuevo contexto social rara vez es total; siempre persiste un rastro, una marca indeleble que señala su origen.
Este fenómeno se refleja en la serie Partituras, donde el dibujo se inscribe como una notación gráfica que transita entre el gesto y la estructura. La tinta del bolígrafo, herramienta vinculada a procesos industriales y de automatización, deja inevitablemente restos, imperfecciones que humanizan su mecanización aparente. Esta impureza en la gráfica se asemeja a la percepción del migrante «bien integrado», cuya presencia nunca se desvincula del todo de su procedencia. Así como en el trazo del bolígrafo queda siempre una mancha, un ruido en su aparente perfección, en la identidad del migrante subsiste una mácula, una huella que lo delata.
El título Partituras no sólo alude a la notación musical, sino también a la condición de estar partido, dividido entre dos lugares: el de origen y el de acogida. La estructura de estos dibujos evoca una composición en la que cada línea es una inscripción de esa dualidad, un registro gráfico de un arraigo imposible, donde la memoria y la adaptación coexisten en una tensión constante.